*LAS LAUDES Y
LAS VISPERAS*
Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de
todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y
enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar
este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por
Cristo nuestro Señor. Amén
*Laudes - DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO 2026*
El siguiente es el formulario que corresponde a
laudes de la liturgia de las horas para el día, domingo, 14 de junio de 2026.
Invitatorio
V. Señor,
ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva. Aleluya.
- Salmo 94
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día,
mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Laudes
Himno
Cristo,
alegría del mundo,
resplandor de la gloria del Padre.
¡Bendita la mañana
que anuncia tu esplendor al universo!
En el día primero,
tu resurrección alegraba
el corazón del Padre.
En el día primero,
vió que todas las cosas eran buenas
porque participaban de tu gloria.
La mañana celebra
tu resurrección y se alegra
con claridad de Pascua.
Se levanta la tierra
como un joven discípulo en tu busca,
sabiendo que el sepulcro está vacío.
En la clara mañana,
tu sagrada luz se difunde
como una gracia nueva.
Que nosotros vivamos
como hijos de luz y no pequemos
contra la claridad de tu presencia.
Salmodia
Antífona 1: El Señor es admirable en el cielo. Aleluya.
Salmo 92
Gloria del Dios creador
Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo, alegrémonos y gocemos y
démosle gracias (Ap 19,6.7)
El Señor reina, vestido de majestad,
el Señor, vestido y ceñido de poder:
así está firme el orbe y no vacila.
Tu trono está firme desde siempre,
y tú eres eterno.
Levantan los ríos, Señor,
levantan los ríos su voz,
levantan los ríos su fragor;
pero más que la voz de aguas caudalosas,
más potente que el oleaje del mar,
más potente en el cielo es el Señor.
Tus mandatos son fieles y seguros;
la santidad es el adorno de tu casa,
Señor, por días sin término.
Antífona 2: Eres alabado, Señor, y ensalzado por los siglos. Aleluya.
Dn 3,57-88.56
Toda la creación alabe al Señor
Alabad al Señor, sus siervos todos. (Ap 19,5)
Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.
Ángeles del Señor, bendecid al Señor;
cielos, bendecid al Señor.
Aguas del espacio, bendecid al Señor;
ejércitos del Señor, bendecid al Señor.
Sol y luna, bendecid al Señor;
astros del cielo, bendecid al Señor.
Lluvia y rocío, bendecid al Señor;
vientos todos, bendecid al Señor.
Fuego y calor, bendecid al Señor;
fríos y heladas, bendecid al Señor.
Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;
témpanos y hielos, bendecid al Señor.
Escarchas y nieves, bendecid al Señor;
noche y día, bendecid al Señor.
Luz y tinieblas, bendecid al Señor;
rayos y nubes, bendecid al Señor.
Bendiga la tierra al Señor,
ensálcelo con himnos por los siglos.
Montes y cumbres, bendecid al Señor;
cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.
Manantiales, bendecid al Señor;
mares y ríos, bendecid al Señor;
Cetáceos y peces, bendecid al Señor;
aves del cielo, bendecid al Señor.
Fieras y ganados, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.
Hijos de los hombres, bendecid al Señor;
bendiga Israel al Señor.
Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;
siervos del Señor, bendecid al Señor.
Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;
santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.
Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.
Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo,
ensalcémoslo con himnos por los siglos.
Bendito el Señor en la bóveda del cielo,
alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.
Antífona 3: Alabad al Señor en el cielo. Aleluya.
Salmo 148
Alabanza del Dios creador
Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la
gloria y el poder por los siglos de los siglos. (Ap 5,13)
Alabad al Señor en el cielo,
alabad al Señor en lo alto.
Alabadlo todos sus ángeles;
alabadlo, todos sus ejércitos.
Alabadlo, sol y luna;
alabadlo, estrellas lucientes;
Alabadlo, espacios celestes
y aguas que cuelgan en el cielo.
Alaben el nombre del Señor,
porque él lo mandó, y existieron.
Les dio consistencia perpetua
y una ley que no pasará.
Alabad al Señor en la tierra,
cetáceos y abismos del mar,
rayos, granizo, nieve y bruma,
viento huracanado que cumple sus órdenes,
montes y todas las sierras,
árboles frutales y cedros,
fieras y animales domésticos,
reptiles y pájaros que vuelan.
Reyes y pueblos del orbe,
príncipes y jefes del mundo,
los jóvenes y también las doncellas,
los viejos junto con los niños,
alaben el nombre del Señor,
el único nombre sublime.
Su majestad sobre el cielo y la tierra;
él acrece el vigor de su pueblo.
Alabanza de todos sus fieles,
de Israel, su pueblo escogido.
Lectura Breve
Ez 37,12b-14
Así dice el Señor: «Yo mismo abriré vuestros
sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la
tierra de Israel. Y, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros
sepulcros, pueblo mío, sabréis que yo soy el Señor. Os infundiré mi espíritu, y
viviréis; os colocaré en vuestra tierra, y sabréis que yo, el Señor, lo digo y
lo hago.» Oráculo del Señor.
Responsorio Breve
R. Cristo,
Hijo de Dios vivo, * Ten piedad de nosotros. Cristo.
V. Tú que estás sentado a la derecha del Padre, * Ten piedad de
nosotros. Gloria al Padre. Cristo.
Primera
Lectura
Del libro del profeta Isaías 44, 21-45, 3
EL REY CIRO SALVADOR DE ISRAEL
Así dice el Señor: «Acuérdate de esto,
Jacob, de que eres mi siervo, Israel. Yo te formé, siervo mío eres, Israel, no
te olvidaré. He disipado como niebla tus rebeliones, como nube tus pecados: vuelve
a mí, que yo soy tu redentor.»
Aclamad, cielos, porque el Señor ha actuado; vitoread, simas de la tierra;
romped en aclamaciones, montañas, y tú, bosque, con todos tus árboles; porque
el Señor ha redimido a Jacob y se gloría de Israel.
Así dice el Señor, tu redentor, que te formó en el vientre: «Yo soy el Señor,
creador de todo; yo solo extendí el cielo, yo afiancé la tierra. ¿Y quién me
ayudaba? Yo soy el que frustra los presagios de los magos y muestra la necedad
de los agoreros; el que echa atrás a los sabios y muestra que su saber es
ignorancia; pero realiza la palabra de sus siervos, cumple el proyecto de sus
mensajeros; el que dice de Jerusalén: “Será habitada”, y de las ciudades de
Judá: "Serán reconstruidas", y levantaré sus ruinas; el que dice al
océano: "Aridece; secaré tus corrientes"; el que dice a Ciro:
"Tú eres mi pastor y cumplirás toda mi voluntad." El que dice de
Jerusalén: "Será reconstruida"; y del templo: "Será
cimentado."»
Así dice el Señor a su ungido, Ciro, a quien lleva de la mano:
«Doblegaré ante él las naciones, desceñiré las cinturas de los reyes, abriré
ante él las puertas, los batientes no se le cerrarán. Yo iré delante de ti,
allanándote los cerros; haré trizas las puertas de bronce, arrancaré los
cerrojos de hierro, te daré los tesoros ocultos, los caudales escondidos. Así
sabrás que yo soy el Señor, que te llamo por tu nombre, el Dios de Israel.»
Responsorio
Is 44, 23
R. Aclamad, cielos, vitoread, simas de la tierra, * porque
el Señor ha actuado.
V. El Señor ha reunido a Jacob y se gloría de Israel.
R. Porque el Señor ha actuado.
Segunda
Lectura
Del tratado de san Cipriano, obispo y
mártir, sobre el Padrenuestro
(Caps. 4-6: CSEL 3, 268-270)
LA ORACIÓN HA DE SALIR DE UN CORAZÓN
HUMILDE
Las palabras del que ora han de ser
mesuradas y llenas de sosiego y respeto. Pensemos que estamos en la presencia
de Dios. Debemos agradar a Dios con la actitud corporal y con la moderación de
nuestra voz. Porque, así como es propio del falto de educación hablar a gritos,
así, por el contrario, es propio del hombre respetuoso orar con un tono de voz
moderado. El Señor, cuando nos adoctrina acerca de la oración, nos manda
hacerla en secreto, en lugares escondidos y apartados, en nuestro mismo
aposento, lo cual concuerda con nuestra fe, cuando nos enseña que Dios está
presente en todas partes, que nos oye y nos ve a todos y que, con la plenitud
de su majestad, penetra incluso los lugares más ocultos, tal como está escrito:
¿Soy yo Dios sólo de cerca, y no Dios de lejos? Porque uno se esconda en su
escondrijo, ¿no lo voy a ver yo? ¿No lleno yo el cielo y la tierra? Y también:
En todo lugar los ojos de Dios están vigilando a malos y buenos.
Y, cuando nos reunimos con los hermanos para celebrar los sagrados misterios, presididos
por el sacerdote de Dios, no debemos olvidar este respeto y moderación ni ponernos
a ventilar continuamente sin ton ni son nuestras peticiones, deshaciéndonos en un
torrente de palabras, sino encomendarlas humildemente a Dios, ya que él escucha
no las palabras, sino el corazón, ni hay que convencer a gritos a aquel que
penetra nuestros pensamientos, como lo demuestran aquellas palabras suyas: ¿Por
qué pensáis mal? Y en otro lugar: Así sabrán todas las Iglesias que yo soy el
que escruta corazones y mentes.
De este modo oraba Ana, como leemos en el primer libro de Samuel, ya que ella
no rogaba a Dios a gritos, sino de un modo silencioso y respetuoso, en lo
escondido de su corazón. Su oración era oculta, pero manifiesta su fe; hablaba
no con la boca, sino con el corazón, porque sabía que así el Señor la
escuchaba, y, de este modo, consiguió lo que pedía, porque lo pedía con fe.
Esto nos recuerda la Escritura, cuando dice: Hablaba para sí, y no se oía su
voz, aunque movía los labios, y el Señor la escuchó. Leemos también en los
salmos: Reflexionad en el silencio de vuestro lecho. Lo mismo nos sugiere y
enseña el Espíritu Santo por boca de Jeremías, con aquellas palabras: Hay que
adorarte en lo interior, Señor.
El que ora, hermanos muy amados, no debe ignorar cómo oraron el fariseo y el publicano
en el templo. Este último, sin atreverse a levantar sus ojos al cielo, sin osar
levantar sus manos, tanta era su humildad, se daba golpes de pecho y confesaba
los pecados ocultos en su interior, implorando el auxilio de la divina
misericordia, mientras que el fariseo oraba satisfecho de sí mismo; y fue
justificado el publicano, porque, al orar, no puso la esperanza de la salvación
en la convicción de su propia inocencia, ya que nadie es inocente, sino que oró
confesando humildemente sus pecados, y aquel que perdona a los humildes escuchó
su oración.
Responsorio
S. Benito, Regla, 19, 6-7; 2, 3
R. Pensemos cómo debemos conducirnos en la presencia de Dios y de sus
ángeles, * y,
que al entonar nuestros salmos de alabanza, nuestra mente concuerde con nuestra
voz.
V. Para ser escuchados no hace falta la abundancia de palabras, sino
un sincero
arrepentimiento y pureza de corazón.
R. Y, que al entonar nuestros salmos de alabanza, nuestra mente
concuerde con nuestra
voz.
*Lecturas
del Domingo 11º del Tiempo Ordinario - Ciclo A*
Domingo, 14
de junio de 2026
Evangelio
*Lectura del santo evangelio según san Mateo (9,36–10,8)*
En aquel tiempo, al ver Jesús a las gentes, se compadecía de
ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen
pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores
son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.»
Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus
inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Éstos son los nombres de los doce
apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el
Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano;
Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judás Iscariote, el que lo
entregó.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de
gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas
descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca.
Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que
habéis recibido gratis, dadlo gratis.»
Palabra del Señor
Canto Evangélico
Antifona: Señor,
envía más trabajadores a tu mies.
Benedictus Lc 1, 68-79
El Mesías y su precursor
+ Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo,
por boca de sus santos profetas.
Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.
Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.
Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Preces
Padre Nuestro
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga tu reino,
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en tentación,
y líbranos del mal.
Oración
Oremos:
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha
nuestras súplicas y, puesto que el
hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para
observar tus
mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor
Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y
es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
V. El
Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.
Vísperas - DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO 2026
El siguiente es el formulario que corresponde a
vísperas de la liturgia de las horas para el día, domingo, 14 de junio de 2026.
Invitatorio
Vísperas
Invocación
V. Dios
mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio,
ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
¿Qué ves en la noche,
dinos centinela?
Dios como un almendro
con la flor despierta;
Dios que nunca duerme
busca quien no duerma,
y entre las diez vírgenes
sólo hay cinco en vela.
Gallos vigilantes
que la noche alertan.
Quien negó tres veces
otras tres confiesa,
y pregona el llanto
lo que el miedo niega.
Muerto le bajaban
a la tumba nueva.
Nunca tan adentro
tuvo al sol la tierra.
Daba el monte gritos,
piedra contra piedra.
Vi los cielos nuevos
y la tierra nueva.
Cristo entre los vivos,
y la muerte muerta.
Dios en las criaturas,
¡y eran todas buenas!
Salmodia
Antífona 1: Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha.» Aleluya.
Salmo 109, 1-5.7
El Mesías, Rey y Sacerdote
Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de
sus pies. (1Co 15,25)
Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.
«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»
El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»
El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.
Antífona 2: El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables. Aleluya.
Salmo 110
Grandes son las obras del Señor
Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente. (Ap 15,3)
Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.
Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.
Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.
Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.
Envió la redención a su pueblo,
ratificó para siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.
Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que lo practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.
Antífona 3: Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.
Cf. Ap 19,1-2.5-7
Las bodas del Cordero
Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya.
Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya.
Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya.
Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya.
Lectura Breve
1P 1,3-5
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor
Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de
entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para
una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el
cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a
manifestarse en el momento final.
Responsorio Breve
R. Bendito
eres, Señor, * En la bóveda del cielo. Bendito.
V. Digno de gloria y alabanza por los siglos. * En la bóveda del
cielo. Gloria al Padre. Bendito.
Canto Evangélico
Antifona: Predicad
el reino, curad a los enfermos, arrojad a los demonios; dad gratuitamente
lo que de gracia habéis recibido.
Magnificat Lc 1, 46-55
Alegría del alma en el Señor
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
—como lo había prometido a nuestros padres—
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Preces
Invoquemos a Dios, nuestro Padre, que
maravillosamente creó al mundo, lo redimió de forma más admirable aún y no cesa
de conservarlo con amor, y digámosle con alegría:
'Renueva, Señor, las maravillas de tu amor'.
Te damos gracias, Señor, porque, a través del mundo, nos has revelado tu poder
y tu gloria;
—haz que sepamos ver tu providencia en los avatares del mundo.
Tú que, por la victoria de tu Hijo en la cruz, anunciaste la paz al mundo,
—líbranos de toda desesperación y de todo temor.
A todos los que aman la justicia y trabajan por conseguirla,
—concédeles que cooperen, con sinceridad y concordia, en la edificación de un
mundo mejor.
Ayuda a los oprimidos, consuela a los afligidos, libra a los cautivos, da pan a
los hambrientos, fortalece a los débiles,
—para que en todo se manifieste el triunfo de la cruz.
Tú, que al tercer día, resucitaste gloriosamente a tu Hijo del sepulcro,
—haz que nuestros hermanos difuntos lleguen también a la plenitud de la vida.
Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó: Padre
nuestro.
Padre Nuestro
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga tu reino,
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en tentación,
y líbranos del mal.
Conclusión
V. El
Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.
