Musica Para el Alma

lunes, 20 de agosto de 2018

LECTURAS LARGAS

PRIMERA LECTURA
Del libro del Qohelet 3, 1-22
OSCURIDAD DEL HOMBRE SIN LA REVELACIÓN
Todo tiene su tiempo y cada cosa su momento bajo el cielo:

Su tiempo el nacer y su tiempo el morir, su tiempo el plantar y su tiempo el arrancar lo plantado. Su tiempo el matar y su tiempo el curar, su tiempo el destruir y su tiempo el edificar. Su tiempo el llorar y su tiempo el reír, su tiempo el lamentarse y su tiempo el danzar. Su tiempo el lanzar piedras y su tiempo el recogerlas, su tiempo el abrazarse y su tiempo el separarse. Su tiempo el buscar y su tiempo el perder, su tiempo el guardar y su tiempo el tirar. Su tiempo el rasgar y su tiempo el coser, su tiempo el callar y su tiempo el hablar. Su tiempo el amar y su tiempo el odiar, su tiempo la guerra y su tiempo la paz.
¿Qué gana el que trabaja con fatiga? He considerado la tarea que Dios ha puesto a los humanos para que en ella se ocupen. Él ha hecho todas las cosas apropiadas a su tiempo; ha puesto también en sus corazones el deseo de considerar el conjunto, pero el hombre no llega a descubrir la obra que Dios ha hecho de principio a fin.

Comprendo que no hay en ellos más felicidad que alegrarse y buscar el bienestar en su vida. Y el que el hombre coma y beba y lo pase bien en medio de sus afanes, eso es un don de Dios.

Comprendo que cuanto Dios hace es duradero; nada hay que añadir ni nada que quitar. Y así hace Dios que se le tema. Lo que es ya antes fue; lo que será ya es. Lo que pasó, Dios lo volverá a traer.

Todavía más he visto bajo el sol: en la sede de la justicia, allí está la iniquidad; y en el sitial del justo está el impío. Dije en mi corazón: «Dios juzgará al justo y al impío, pues hay un tiempo para cada cosa y para todo quehacer.» Dije también en mi corazón acerca de la conducta de los humanos: «Sucede así para que Dios los pruebe y ellos experimenten que, de sí, son bestias.» Porque el hombre y la bestia tienen la misma suerte: muere el uno como el otro; y ambos tienen el mismo aliento de vida. En nada aventaja el hombre a la bestia, pues todo es vanidad. Todos caminan hacia una misma meta; todos han salido del polvo y todos vuelven al polvo.

¿Quién puede saber si el aliento de vida de los humanos asciende hacia arriba, y si el aliento de vida de la bestia desciende hacia abajo, a la tierra?

Veo que no hay para el hombre nada mejor que gozarse en sus obras, porque esa es su paga. Pues ¿quién lo guiará a contemplar lo que ha de suceder después de él?
RESPONSORIO    1Co 7, 29. 31; Qo 3, 1
R. El momento es apremiante; queda como solución que los que negocian en el mundo vivan como si no disfrutaran de él, * porque la presentación de este mundo se termina.
V. Todo tiene su tiempo y cada cosa su momento bajo el cielo.
R. Porque la presentación de este mundo se termina.
SEGUNDA LECTURA
De la Constitución apostólica Divino afflátu del papa san Pío décimo
(AAS 3 [1911], 633-635)
LA VOZ DE LA IGLESIA QUE RESUENA DULCEMENTE 
Es un hecho demostrado que los salmos, compuestos por inspiración divina, cuya colección forma parte de las Sagradas Escrituras, ya desde los orígenes de la Iglesia sirvieron admirablemente para fomentar la piedad de los fieles, que ofrecían continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el tributo de los labios que van bendiciendo su nombre, y que además, por una costumbre heredada del antiguo Testamento, alcanzaron un lugar importante en la sagrada liturgia y en el Oficio divino. De ahí nació lo que san Basilio llama «la voz de la Iglesia», y la salmodia, calificada por nuestro antecesor Urbano octavo como «hija de la himnodia que se canta asiduamente ante el trono de Dios y del Cordero», y que, según el dicho de san Atanasio, enseña, sobre todo a las personas dedicadas al culto divino, «cómo hay que alabar a Dios y cuáles son las palabras más adecuadas» para ensalzarlo. Con relación a este tema, dice bellamente san Agustín: «Para que el hombre alabara dignamente a Dios, Dios se alabó a sí mismo; y, porque se dignó alabarse, por esto el hombre halló el modo de alabarlo.»

Los salmos tienen, además, una eficacia especial para suscitar en las almas el deseo de todas las virtudes. En efecto, «si bien es verdad que todas las partes de la Escritura, tanto del antiguo como del nuevo Testamento, están inspiradas por Dios y son útiles para instruir, según está escrito, sin embargo, el libro de los salmos, como el paraíso en el que se hallan (los frutos) de todos los demás (libros sagrados), prorrumpe en cánticos y, al salmodiar, pone de manifiesto sus propios frutos junto con aquellos otros.» Estas palabras son también de san Atanasio, quien añade asimismo: «A mi modo de ver, los salmos vienen a ser como un espejo, en el que quienes salmodian se contemplan a sí mismos y sus diversos sentimientos, y con esta sensación los recitan.» San Agustín dice en el libro de sus Confesiones: «¡Cuánto lloré con tus himnos y cánticos, conmovido intensamente por las voces de tu Iglesia que resonaba dulcemente! A medida que aquellas voces se infiltraban en mis oídos, la verdad se iba haciendo más clara en mi interior y me sentía inflamado en sentimientos de piedad, y corrían las lágrimas, que me hacían mucho bien.»

En efecto, ¿quién dejará de conmoverse ante aquellas frecuentes expresiones de los salmos en las que se ensalza de un modo tan elevado la inmensa majestad de Dios, su omnipotencia, su inefable justicia, su bondad o clemencia y todos sus demás infinitos atributos, dignos de alabanza? ¿En quién no encontrarán eco aquellos sentimientos de acción de gracias por los beneficios recibidos de Dios, o aquellas humildes y confiadas súplicas por los que se espera recibir, o aquellos lamentos del alma que llora sus pecados? ¿Quién no se sentirá inflamado de amor al descubrir la imagen esbozada de Cristo redentor, de quien san Agustín «oía la voz en todos los salmos, ora salmodiando, ora gimiendo, ora alegre por la esperanza, ora suspirando por la realidad»?
RESPONSORIO    1Ts 2, 4. 3
R. Así como hemos sido juzgados aptos por Dios para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos. * No buscamos agradar a los hombres, sino a Dios.
V. Nuestra exhortación no procede del error, ni de la impureza, ni con engaño.
R. No buscamos agradar a los hombres, sino a Dios.

ORACIÓN.
OREMOS,
Dios todopoderoso y eterno, que, para defender la fe católica e instaurar todas las cosas en Cristo, colmaste al papa san Pío décimo de sabiduría divina y de fortaleza apostólica, concédenos que, dóciles a sus instrucciones y ejemplos, consigamos la recompensa eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén
CONCLUSIÓN
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.