*LAS LAUDES Y
LAS VISPERAS*
Abre, Señor, mi boca para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de
todos los pensamientos vanos, perversos y ajenos; ilumina mi entendimiento y
enciende mi sentimiento para que, digna, atenta y devotamente pueda recitar
este Oficio, y merezca ser escuchado en la presencia de tu divina majestad. Por
Cristo nuestro Señor. Amén
*SABADO
SEMANA OCTAVA DE PASCUA*
LAUDES
(Oración
de la mañana)
INVOCACIÓN INICIAL
V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza
INVITATORIO
Ant. Verdaderamente ha resucitado el
Señor. Aleluya.
Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA
DIVINA
Venid,
aclamemos al Señor,
demos
vítores a la Roca que nos salva;
entremos
a su presencia dándole gracias,
aclamándolo
con cantos.
Porque
el Señor es un Dios grande,
soberano
de todos los dioses:
tiene
en su mano las simas de la tierra,
son
suyas las cumbres de los montes;
suyo
es el mar, porque él lo hizo,
la
tierra firme que modelaron sus manos.
Venid,
postrémonos por tierra,
bendiciendo
al Señor, creador nuestro.
Porque
él es nuestro Dios,
y
nosotros su pueblo,
el
rebaño que él guía.
Ojalá
escuchéis hoy su voz:
«No
endurezcáis el corazón como en Meribá,
como
el día de Masá en el desierto;
cuando
vuestros padres me pusieron a prueba
y
dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.
Durante
cuarenta años
aquella
generación me repugnó, y dije:
Es
un pueblo de corazón extraviado,
que
no reconoce mi camino;
por
eso he jurado en mi cólera
que
no entrarán en mi descanso»
Gloria
al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como
era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Himno: VELARON LAS ESTRELLAS EL SUEÑO
DE SU MUERTE
Velaron
las estrellas el sueño de su muerte,
sus
luces de esperanzas las recogió ya el sol,
en
haces luminosos la aurora resplandece,
es
hoy el nuevo día en que el Señor actuó.
Los
pobres de sí mismos creyeron su palabra,
la
noche de los hombres fue grávida de Dios,
él
dijo volvería colmando su esperanza,
más
fuerte que la muerte fue su infinito amor.
De
angustia estremecida lloró y gimió la tierra,
en
lágrimas y sangre su humanidad vivió,
pecado,
mal y muerte perdieron ya su fuerza,
el
Cristo siempre vivo es hoy nuestro blasón.
De
gozo reverdecen los valles y praderas,
los
pájaros y flores, su canto y su color,
celebran
con los hombres la eterna primavera
del
día y la victoria en que el Señor actuó.
Recibe,
Padre santo, los cánticos y amores
de
cuantos en tu Hijo hallaron salvación,
tu
Espíritu divino nos llene de sus dones,
los
hombres y los pueblos se abran a tu Amor. Amén.
SALMODIA
Ant
1. Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su
sangre. Aleluya.
SALMO 62, 2-9 - EL ALMA SEDIENTA DE
DIOS
¡Oh
Dios!, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi
alma está sedienta de ti;
mi
carne tiene ansia de ti,
como
tierra reseca, agostada, sin agua.
¡Cómo
te contemplaba en el santuario
viendo
tu fuerza y tu gloria!
Tu
gracia vale más que la vida,
te
alabarán mis labios.
Toda
mi vida te bendeciré
y
alzaré las manos invocándote.
Me
saciaré de manjares exquisitos,
y
mis labios te alabarán jubilosos.
En
el lecho me acuerdo de ti
y
velando medito en ti,
porque
fuiste mi auxilio,
y
a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi
alma está unida a ti,
y
tu diestra me sostiene.
Gloria
al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como
era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Ant.
Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su
sangre. Aleluya.
Ant
2. Ha resucitado del sepulcro nuestro Redentor; cantemos un himno al Señor,
nuestro Dios. Aleluya.
Cántico: TODA LA CREACIÓN ALABE AL
SEÑOR - Dn 3, 57-88. 56
Creaturas
todas del Señor, bendecid al Señor,
ensalzadlo
con himnos por los siglos.
Ángeles
del Señor, bendecid al Señor;
cielos,
bendecid al Señor.
Aguas
del espacio, bendecid al Señor;
ejércitos
del Señor, bendecid al Señor.
Sol
y luna, bendecid al Señor;
astros
del cielo, bendecid al Señor.
Lluvia
y rocío, bendecid al Señor;
vientos
todos, bendecid al Señor.
Fuego
y calor, bendecid al Señor;
fríos
y heladas, bendecid al Señor.
Rocíos
y nevadas, bendecid al Señor;
témpanos
y hielos, bendecid al Señor.
Escarchas
y nieves, bendecid al Señor;
noche
y día, bendecid al Señor.
Luz
y tinieblas, bendecid al Señor;
rayos
y nubes, bendecid al Señor.
Bendiga
la tierra al Señor,
ensálcelo
con himnos por los siglos.
Montes
y cumbres, bendecid al Señor;
cuanto
germina en la tierra, bendiga al Señor.
Manantiales,
bendecid al Señor;
mares
y ríos, bendecid al Señor.
Cetáceos
y peces, bendecid al Señor;
aves
del cielo, bendecid al Señor.
Fieras
y ganados, bendecid al Señor,
ensalzadlo
con himnos por los siglos.
Hijos
de los hombres, bendecid al Señor;
bendiga
Israel al Señor.
Sacerdotes
del Señor, bendecid al Señor;
siervos
del Señor, bendecid al Señor.
Almas
y espíritus justos, bendecid al Señor;
santos
y humildes de corazón, bendecid al Señor.
Ananías,
Azarías y Misael, bendecid al Señor,
ensalzadlo
con himnos por los siglos.
Bendigamos
al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,
ensalcémoslo
con himnos por los siglos.
Bendito
el Señor en la bóveda del cielo,
alabado
y glorioso y ensalzado por los siglos.
No
se dice Gloria al Padre.
Ant.
Ha resucitado del sepulcro nuestro Redentor; cantemos un himno al Señor,
nuestro Dios. Aleluya.
Ant
3. Aleluya. Ha resucitado el Señor, tal como os lo había anunciado. Aleluya.
Salmo 149 - ALEGRÍA DE LOS SANTOS
Cantad
al Señor un cántico nuevo,
resuene
su alabanza en la asamblea de los fieles;
que
se alegre Israel por su Creador,
los
hijos de Sión por su Rey.
Alabad
su nombre con danzas,
cantadle
con tambores y cítaras;
porque
el Señor ama a su pueblo
y
adorna con la victoria a los humildes.
Que
los fieles festejen su gloria
y
canten jubilosos en filas:
con
vítores a Dios en la boca
y
espadas de dos filos en las manos:
para
tomar venganza de los pueblos
y
aplicar el castigo a las naciones,
sujetando
a los reyes con argollas,
a
los nobles con esposas de hierro.
Ejecutar
la sentencia dictada
es
un honor para todos sus fieles.
Gloria
al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como
era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Ant.
Aleluya. Ha resucitado el Señor, tal como os lo había anunciado. Aleluya.
LECTURA BREVE Rm 14, 7-9
Ninguno
de nosotros vive para sí y ninguno muere para sí. Que si vivimos, vivimos para
el Señor; y si morimos, para el Señor morimos. En fin, que tanto en vida como
en muerte somos del Señor. Para esto murió Cristo y retornó a la vida, para ser
Señor de vivos y muertos.
RESPONSORIO BREVE
En
lugar del responsorio breve se dice la siguiente antífona:
Éste es el día en que actuó el Señor: sea él nuestra alegría y nuestro gozo.
Aleluya.
V. Dios
resucitó a Cristo de entre los muertos. Aleluya.
R. Para que nuestra fe y esperanza se centren en
Dios. Aleluya.
PRIMERA LECTURA AÑO (II)
De los Hechos de los apóstoles 4,
5-31
PEDRO Y JUAN ANTE EL CONSEJO DE
ANCIANOS
A
la mañana siguiente, se reunieron los jefes de los judíos, los ancianos y los
escribas de Jerusalén, junto con Anás, el sumo sacerdote, y Caifás, Juan,
Alejandro y todos los que eran de familia pontifical. Hicieron comparecer en su
presencia a Pedro y a Juan, y les preguntaron:
«¿Con
qué poder o en nombre de quién habéis hecho esto vosotros?»
Pedro,
lleno del Espíritu Santo, les dijo:
«Ancianos
y jefes del pueblo, ya que nos interrogáis hoy en juicio por haber hecho un
beneficio a un inválido, para poner en claro por virtud de quién ha alcanzado
éste la salud, sabedlo vosotros y que lo sepa todo el pueblo de Israel: en el
nombre de Jesucristo, el Nazareno, a quien vosotros habéis crucificado y a
quien Dios ha resucitado de entre los muertos, por él viene este hombre con
salud a vuestra presencia. Él es la piedra que desechasteis vosotros, los
arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; en ningún otro se
encuentra la salud, y no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por
el que nosotros debamos salvarnos.»
Viendo
la entereza con que hablaban Pedro y Juan, y considerando que eran hombres sin
instrucción ni cultura, estaban asombrados y reconocían en ellos a los
discípulos de Jesús; pero viendo allí con ellos al hombre que habían curado, no
podían replicar nada en contra. Ante esto, les mandaron salir fuera del
tribunal, y deliberaron entre sí:
«¿Qué
vamos a hacer con estos hombres? Que han hecho un milagro clarísimo lo sabe
toda Jerusalén, y nosotros no lo podemos negar. Pero, a fin de que esto no se
divulgue más entre la gente, vamos a prohibirles con toda severidad que en
adelante hablen a nadie en nombre de Jesús.»
Los
llamaron y les intimaron que de ninguna manera hablasen ni enseñasen en el
nombre de Jesús. Pedro y Juan, tomando la palabra, les dijeron:
«Juzgad
por vosotros mismos si es justo, delante de Dios, obedecer a vosotros antes que
a él. Nosotros no podemos dejar de hablar acerca de lo que hemos visto y oído.»
Ellos,
profiriendo nuevas amenazas y no hallando motivo para castigarlos, los dejaron
ir libres, ya que tenían miedo del pueblo, porque todos daban gloria a Dios por
lo sucedido, pues el hombre que había obtenido milagrosamente su curación
pasaba de los cuarenta años. Pedro y Juan, una vez puestos en libertad, se
dirigieron a los suyos y les refirieron todo cuanto los pontífices y ancianos
les habían dicho. Al oírlo, unidos en unos mismos sentimientos, elevaron su voz
a Dios y exclamaron:
«Señor,
tú hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos; tú, por
medio del Espíritu Santo, por boca de nuestro padre David, tu siervo, dijiste:
"¿Por qué se amotinan las naciones, y los pueblos planean un fracaso? Se
alían los reyes de la tierra, los príncipes conspiran contra el Señor y contra
su Mesías." Porque verdaderamente, contra tu santo siervo Jesús, tu
Ungido, se aliaron en esta ciudad Herodes y Poncio Pilato, juntamente con los
gentiles y con el pueblo de Israel. Con eso no hacían sino poner por obra
cuanto tu voluntad y omnipotencia habían determinado que sucediese. Ahora,
Señor, mira sus amenazas, y haz que tus siervos anunciemos tu palabra con toda
entereza y libertad. Muestra tu omnipotencia, haciendo curaciones, señales y prodigios,
por el nombre de tu santo siervo Jesús.»
Acabada
esta oración, tembló el lugar en que estaban reunidos; los llenó a todos el
Espíritu Santo y anunciaban con valentía la palabra de Dios.
RESPONSORIO Cf. Hch
4, 11-12a; Is 28, 16
R.
Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha
convertido en piedra angular; * en ningún otro se encuentra la salud. Aleluya.
V.
Así dice el Señor: «Mirad, yo coloco en Sión una piedra probada, angular,
preciosa, de cimiento.»
R.
En ningún otro se encuentra la salud. Aleluya.
SEGUNDA LECTURA
De las Catequesis de Jerusalén
(Catequesis 22 [Mistagógica 4], 1.
3-6. 9: PG 33, 1098-1106)
EL PAN CELESTIAL Y LA BEBIDA DE
SALVACIÓN
Jesús,
el Señor, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, después de
pronunciar la Acción de Gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, y dijo:
«Tomad y comed, esto es mi cuerpo.» y tomando el cáliz, después de pronunciar
la acción de Gracias, dijo: «Tomad y bebed, ésta es mi sangre.» Por tanto, si
él mismo afirmó del pan: Esto es mi cuerpo, ¿quién se atreverá a dudar en
adelante? Y si él mismo afirmó: Ésta es mi sangre, ¿quién podrá nunca dudar y
decir que no es su sangre?
Por
esto hemos de recibirlos con la firme convicción de que son el cuerpo y sangre
de Cristo. Se te da el cuerpo del Señor bajo el signo de pan, y su sangre bajo
el signo de vino; de modo que al recibir el cuerpo y la sangre de Cristo te
haces concorpóreo y consanguíneo suyo. Así, pues, nos hacemos portadores de
Cristo, al distribuirse por nuestros miembros su cuerpo y sangre. Así, como
dice san Pedro, nos hacemos participantes de la naturaleza divina.
En
otro tiempo, Cristo, disputando con los judíos, decía: Si no coméis mi carne y
no bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros. Pero, como ellos entendieron
estas palabras en un sentido material, se hicieron atrás escandalizados,
pensando que los exhortaba a comer su carne.
En
la antigua alianza había los panes de la proposición; pero, como eran algo
exclusivo del antiguo Testamento, ahora ya no existen. Pero en el nuevo
Testamento hay un pan celestial y una bebida de salvación, que santifican el
alma y el cuerpo. Pues, del mismo modo que el pan es apropiado al cuerpo, así
también la Palabra encarnada concuerda con la naturaleza del alma.
Por
lo cual, el pan y el vino eucarísticos no han de ser considerados como meros y
comunes elementos materiales, ya que son el cuerpo y la sangre de Cristo, como
afirma el Señor; pues, aunque los sentidos nos sugieren lo primero, hemos de aceptar
con firme convencimiento lo que nos enseña la fe.
Adoctrinados
e imbuidos de esta fe certísima, debemos creer que aquello que parece pan no es
pan, aunque su sabor sea de pan, sino el cuerpo de Cristo; y que lo que parece
vino no es vino, aunque así le parezca a nuestro paladar, sino la sangre de
Cristo; respecto a lo cual hallamos la antigua afirmación del salmo: El pan da
fuerzas al corazón del hombre y el aceite da brillo a su rostro. Da, pues,
fuerzas a tu corazón, comiendo aquel pan espiritual y da brillo así al rostro
de tu alma.
Ojalá
que con el rostro descubierto y con la conciencia limpia, contemplando la
gloria del Señor como en un espejo, vayamos de gloria en gloria, en Cristo
Jesús nuestro Señor, a quien sea el honor, el poder y la gloria por los siglos
de los siglos. Amén.
RESPONSORIO Lc 22,
19; Ex 12, 27
R.
Jesús tomó pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
«Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros; * haced esto en memoria
mía.» Aleluya.
V.
Cuando os pregunten vuestros hijos qué significa este rito, les responderéis:
«Es el sacrificio de la Pascua del Señor.»
R.
Haced esto en memoria mía.» Aleluya.
Evangelio
Lectura
del santo evangelio según san Marcos (16,9-15):
JESÚS, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero
a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a
anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando.
Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron.
Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al
campo.
También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron.
Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó
en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que
lo habían visto resucitado.
Y les dijo:
«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación».
Palabra del Señor
CÁNTICO EVANGÉLICO
Ant.
Después de su resurrección, que tuvo lugar a la mañana del primer día de la
semana, Jesús se apareció primero a María Magdalena, de la que había arrojado
siete demonios. Aleluya.
Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU
PRECURSOR Lc 1, 68-79
Bendito
sea el Señor, Dios de Israel,
porque
ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos
una fuerza de salvación
en
la casa de David, su siervo,
según
lo había predicho desde antiguo
por
boca de sus santos profetas:
Es
la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y
de la mano de todos los que nos odian;
ha
realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando
su santa alianza
y
el juramento que juró a nuestro padre Abraham.
Para
concedernos que, libres de temor,
arrancados
de la mano de los enemigos,
le
sirvamos con santidad y justicia,
en
su presencia, todos nuestros días.
Y
a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque
irás delante del Señor
a
preparar sus caminos,
anunciando
a su pueblo la salvación,
el
perdón de sus pecados.
Por
la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos
visitará el sol que nace de lo alto,
para
iluminar a los que viven en tiniebla
y
en sombra de muerte,
para
guiar nuestros pasos
por
el camino de la paz.
Gloria
al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como
era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Ant.
Después de su resurrección, que tuvo lugar a la mañana del primer día de la
semana, Jesús se apareció primero a María Magdalena, de la que había arrojado
siete demonios. Aleluya.
PRECES
Oremos
a Cristo, pan de vida, que en el último día resucitará a los que se alimentan
con su palabra y con su cuerpo, y digámosle:
Señor, danos paz y alegría.
Hijo
de Dios, que resucitado de entre los muertos eres el Príncipe de la vida,
bendice
y santifica a tus fieles y a todos los hombres.
Tú
que concedes paz y alegría a todos los que creen en ti,
danos
vivir como hijos de la luz y alegrarnos de tu victoria.
Aumenta
la fe de tu Iglesia, peregrina en la tierra,
para
que dé al mundo testimonio de tu resurrección.
Tú
que, habiendo padecido mucho, has entrado ya en la gloria del Padre,
convierte
en gozo la tristeza de los afligidos.
Se
pueden añadir algunas intenciones libres
Concluyamos
nuestra oración, diciendo juntos las palabras de Jesús, nuestro maestro:
Padre nuestro...
ORACION
Dios
nuestro, que con la abundancia de tu gracia no cesas de aumentar en todos los
pueblos el número de tus hijos, mira con amor a tus elegidos que han nacido a
una nueva vida por el sacramento del bautismo y concédeles alcanzar una dichosa
inmortalidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
CONCLUSIÓN
V.
El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.
Amén.
I VÍSPERAS
(Oración
de la tarde)
INVOCACIÓN
INICIAL
V.
Dios mío, ven en mi auxilio
R.
Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu
Santo.
Como
era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Aleluya.
Himno:
REVESTIDOS DE BLANCAS VESTIDURAS
Revestidos
de blancas vestiduras,
vayamos
al banquete del Cordero
y,
terminado el cruce del mar Rojo
alcemos
nuestro canto al rey eterno.
La
caridad de Dios es quien nos brinda
y
quien nos da a beber su sangre propia,
y
el Amor sacerdote es quien se ofrece
y
quien los miembros de su cuerpo inmola.
Las
puertas salpicadas con tal sangre
hacen
temblar al ángel vengativo,
y
el mar deja pasar a los hebreos
y
sumerge después a los egipcios.
Ya
el Señor Jesucristo es nuestra pascua,
ya
el Señor Jesucristo es nuestra víctima:
el
ázimo purísimo y sincero
destinado
a las almas sin mancilla.
Oh
verdadera víctima del cielo,
que
tiene a los infiernos sometidos,
ya
rotas las cadenas de la muerte,
y
el premio de la vida recibido.
Vencedor
del averno subyugado,
el
Redentor despliega sus trofeos
y,
sujetando al rey de las tinieblas,
abre
de par en par el alto cielo.
Para
que seas, oh Jesús, la eterna
dicha
pascual de nuestras almas limpias,
líbranos
de la muerte del pecado
a
los que renacimos a la vida.
Gloria
sea a Dios Padre y a su Hijo,
que
de los muertos ha resucitado,
así
como también al sacratísimo
Paracleto,
por tiempo ilimitado. Amén.
SALMODIA
Ant
1. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.
Salmo
109, 1-5. 7 - EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.
Oráculo
del Señor a mi Señor:
«Siéntate
a mi derecha,
y
haré de tus enemigos
estrado
de tus pies.»
Desde
Sión extenderá el Señor
el
poder de tu cetro:
somete
en la batalla a tus enemigos.
«Eres
príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre
esplendores sagrados;
yo
mismo te engendré, como rocío,
antes
de la aurora.»
El
Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú
eres sacerdote eterno
según
el rito de Melquisedec.»
El
Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará
a los reyes.
En
su camino beberá del torrente,
por
eso levantará la cabeza.
Gloria
al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como
era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Ant.
María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.
Ant
2. Venid y ved el lugar donde habían puesto al Señor. Aleluya.
Salmo
113 A - ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO; LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO.
Cuando
Israel salió de Egipto,
los
hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá
fue su santuario,
Israel
fue su dominio.
El
mar, al verlos, huyó,
el
Jordán se echó atrás;
los
montes saltaron como carneros;
las
colinas, como corderos.
¿Qué
te pasa, mar, que huyes,
y
a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y
a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas,
que saltáis como corderos?
En
presencia del Señor se estremece la tierra,
en
presencia del Dios de Jacob;
que
transforma las peñas en estanques,
el
pedernal en manantiales de agua.
Gloria
al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como
era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Ant.
Venid y ved el lugar donde habían puesto al Señor. Aleluya.
Ant
3. Dijo Jesús: «No temáis. Id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, que
allí me verán.» Aleluya.
Cántico:
LAS BODAS DEL CORDERO - Cf. Ap 19,1-2, 5-7
El
cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio
es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya
sólo al principio y al final de cada estrofa.
Aleluya.
La
salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R.
Aleluya)
porque
sus juicios son verdaderos y justos.
R.
Aleluya, (aleluya).
Aleluya.
Alabad
al Señor sus siervos todos.
(R.
Aleluya)
Los
que le teméis, pequeños y grandes.
R.
Aleluya, (aleluya).
Aleluya.
Porque
reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R.
Aleluya)
Alegrémonos
y gocemos y démosle gracias.
R.
Aleluya, (aleluya).
Aleluya.
Llegó
la boda del cordero.
(R.
Aleluya)
Su
esposa se ha embellecido.
R.
Aleluya, (aleluya).
Gloria
al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como
era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Ant.
Dijo Jesús: «No temáis. Id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, que allí
me verán.» Aleluya.
LECTURA
BREVE 1Pe 2, 9-10
Vosotros
sois linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo adquirido por Dios
para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar
en su luz maravillosa. Vosotros, que en otro tiempo no erais pueblo, sois ahora
pueblo de Dios; vosotros, que estabais excluidos de la misericordia, sois ahora
objeto de la misericordia de Dios.
RESPONSORIO
BREVE
En
lugar del responsorio breve se dice la siguiente antífona:
Éste es el día en que actuó el Señor: sea él nuestra alegría y nuestro gozo.
Aleluya.
CÁNTICO
EVANGÉLICO
Ant.
Ocho días después, estando cerradas las puertas, se presentó Jesús y, en
presencia de todos, exclamó: «La paz sea con vosotros.» Aleluya.
Cántico
de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55
Proclama
mi alma la grandeza del Señor,
se
alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque
ha mirado la humillación de su esclava.
Desde
ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque
el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su
nombre es santo,
y
su misericordia llega a sus fieles
de
generación en generación.
El
hace proezas con su brazo:
dispersa
a los soberbios de corazón,
derriba
del trono a los poderosos
y
enaltece a los humildes,
a
los hambrientos los colma de bienes
y
a los ricos los despide vacíos.
Auxilia
a Israel, su siervo,
acordándose
de su misericordia
-como
lo había prometido a nuestros padres-
en
favor de Abraham y su descendencia por siempre.
Gloria
al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como
era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Ant.
Ocho días después, estando cerradas las puertas, se presentó Jesús y, en
presencia de todos, exclamó: «La paz sea con vosotros.» Aleluya.
PRECES
Oremos
a Cristo, que resucitando de entre los muertos destruyó la muerte y nos dio
nueva vida, y digámosle:
Tú
que vives eternamente, escúchanos, Señor.
Tu
que eres la piedra rechazada por los arquitectos, pero convertida en piedra
angular,
conviértenos
a nosotros en piedras vivas de tu Iglesia.
Tú
que eres el testigo fiel y el primogénito de entre los muertos,
haz
que tu Iglesia sea también siempre testimonio ante el mundo.
Tú
que eres el único esposo de la Iglesia, nacida de tu costado,
haz
que todos nosotros seamos signos de tus bodas con la Iglesia.
Tú
que eres el primero y el último, el que estabas muerto y ahora vives por los
siglos de los siglos,
concede
a todos los bautizados perseverar fieles hasta la muerte, a fin de recibir la
corona de la victoria.
Se
pueden añadir algunas intenciones libres
Tu
que eres la lámpara que ilumina la ciudad santa de Dios,
alumbra
con tu claridad a nuestros hermanos difuntos.
Sintiéndonos
verdaderos hijos de Dios, digamos a nuestro Padre:
Padre
nuestro...
ORACION
Señor
Dios, cuya misericordia es eterna, tú que reanimas la fe de tu pueblo con la celebración
anual de las fiestas pascuales, aumenta en nosotros los dones de tu gracia,
para que comprendamos mejor la excelencia del bautismo que nos ha purificado,
la grandeza del Espíritu que nos ha reengendrado y el precio de la sangre que
nos ha redimido. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina
contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los
siglos. Amén.
CONCLUSIÓN
V.
El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.
Amén.
